

Delavid nace en 2018, en el contexto de una tesis de Ingeniería Civil en Biotecnología desarrollada por Felipe Guzmán, hoy MBA y fundador y CEO de la empresa. El punto de partida no fue sólo el laboratorio, sino también los viñedos del Valle del Biobío y del Itata, donde el contacto directo con el orujo abrió una pregunta clave: ¿por qué un subproducto con tanto valor seguía sin llegar a las personas?
“Cuando empecé a investigar su composición, en distintas cepas de la zona, me encontré con algo inesperado: una materia prima con alto contenido de fibra y compuestos antioxidantes, con un potencial gigantesco para la alimentación humana, pero sin casos de éxito llevándolo a las personas en Chile. Ahí entendí que estaba frente a una oportunidad real de construir un proyecto con sentido global y valor agregado para nuestra industria”, explica Guzmán.
Desde el punto de vista nutricional, el orujo concentra fibra dietaria, polifenoles, flavonoides, antocianinas y otros compuestos bioactivos que no pasan al vino, además de componentes de la semilla como grasas saludables, minerales y algo de proteína vegetal. Esta matriz abre posibilidades concretas para el desarrollo de ingredientes funcionales con impacto en la salud digestiva y metabólica.
“Es una materia prima muy interesante para distintas industrias, pero que requiere manejo, proceso y tecnología para estabilizarla y preservar sus propiedades”, añade el fundador de Delavid.
El modelo de la empresa aborda tres desafíos que hoy convergen: la valorización del principal subproducto de la industria vitivinícola, el déficit de fibra en la dieta y la creciente demanda por alimentos asociados a bienestar. En ese cruce, Delavid desarrolla ingredientes en polvo elaborados en Chile, con materia prima directa de los viñedos, orientados tanto al consumo final como a la formulación de nuevos productos.
En esa línea, Guzmán enfatiza: “Chile tiene una industria vitivinícola reconocida internacionalmente, que además enfrenta desafíos como el cambio climático y nuevas tendencias de consumo. Al mismo tiempo, existe una gran oportunidad de transformar su principal subproducto en nuevas fuentes de ingreso. En Delavid estamos buscando aportar y liderar esa transición”.

Este desarrollo no ocurre en solitario. El trabajo conjunto con el Centro Tecnológico para la Innovación Alimentaria (CeTA), particularmente desde su sede en Coronel —ubicada en instalaciones de Nutrisco—, ha sido clave para avanzar desde una idea con base científica hacia un producto validado.
Durante varios años, Delavid trabajó junto a CeTA en etapas de prototipado, optimización de procesos, estabilización de compuestos, escalamiento y validación técnica y sanitaria, en un proceso que refleja el valor de contar con capacidades tecnológicas instaladas para la innovación alimentaria.
“CeTA fue fundamental en el desarrollo de Delavid. Más allá de la infraestructura, destaco la calidad humana y profesional del equipo. Son personas que se involucran y ayudan a empujar soluciones reales. Apoyarse en estas capacidades cuando estás innovando reduce riesgo y acelera el aprendizaje”, señala Guzmán.
Desde CeTA, este tipo de procesos también da cuenta de un rol más amplio en el ecosistema. Pamela Carrillo, jefa de Innovación del Centro CeTA Zona Sur, destaca que “cuando existe una articulación efectiva entre ciencia, infraestructura y emprendimiento, es posible transformar un subproducto en un ingrediente con valor agregado real, y avanzar con mayor velocidad hacia su implementación”.


Uno de los hitos más relevantes en la trayectoria de Delavid es su ingreso a las góndolas de la cadena Jumbo, hoy presente en más de 40 supermercados a lo largo del país, marcando su paso hacia la validación comercial a gran escala.
Este avance no sólo refleja la calidad del producto, sino también un proceso que logró cumplir estándares técnicos, regulatorios y de mercado, habilitando su llegada directa a consumidores.
“Gracias a ese trabajo logramos validar el proceso, desarrollar producción inicial, avanzar en estándares sanitarios y abrir camino hacia el retail. Apoyarse en capacidades instaladas reduce riesgo y acelera el aprendizaje”, explica Guzmán.
A nivel institucional, Jean Paul Veas, director ejecutivo de CeTA, subraya el alcance de estas experiencias: “Este tipo de colaboraciones refleja el rol que cumple CeTA como puente entre la investigación y el mercado. No sólo acompañamos el desarrollo tecnológico, sino que también habilitamos condiciones para que emprendimientos y startups puedan escalar y proyectarse en la industria alimentaria”.
Más allá del caso puntual, la experiencia de Delavid da cuenta de un camino exigente, donde la innovación debe ir de la mano con la validación de mercado, la disciplina y la capacidad de adaptación.
“No romanticen el emprendimiento. Es un camino duro, pero profundamente significativo si tiene propósito. Validar mercado, rodearse de un buen equipo y ser constante hace la diferencia”, advierte su fundador.
En un escenario donde la sostenibilidad, la salud y el uso eficiente de los recursos son cada vez más relevantes, iniciativas como esta muestran cómo la ciencia aplicada, el emprendimiento y la infraestructura tecnológica pueden converger para abrir nuevas oportunidades en la industria alimentaria.
Como reflexión final, Guzmán plantea: “Si logramos tener la voluntad como país de tomar acciones concretas con los mal llamados ‘residuos’ de nuestra industria agrícola, podemos abrir nuevas capas de valor. Hay oportunidades enormes en lo que hoy no estamos viendo, y llevar ese valor de vuelta a las personas —convertido en nutrición y bienestar— es, al final, lo que le da sentido a todo esto.”



