

Cada larva pesa apenas 0,1 gramos. Sin embargo, para desarrollar el primer prototipo de su producto, el equipo detrás de EntoEnergy necesitaba reunir cerca de 10 kilos de estas pequeñas fuentes de proteína. Durante semanas, entre clases, tesis y jornadas extendidas de trabajo, los jóvenes biotecnólogos seleccionaron manualmente cientos de larvas de Tenebrio molitor, el insecto que hoy está en la base de una de las apuestas emergentes de la innovación alimentaria: las proteínas alternativas.
Lo que comenzó como una inquietud científica en la Universidad de Concepción terminó convirtiéndose en un emprendimiento que busca abrir camino a una nueva categoría de alimentos en Chile, la que pudo desarrollar con el apoyo de CeTA – Centro Tecnológico para la Innovación Alimentaria – en el sur del país.
La historia de EntoEnergy comenzó en una asignatura de innovación de la carrera de Ingeniería en Biotecnología Vegetal de la Universidad de Concepción. Allí, un grupo de estudiantes empezó a preguntarse cómo responder a uno de los grandes desafíos del sistema alimentario global: producir proteínas de alta calidad con menor impacto ambiental.
“Las proteínas alternativas están ganando espacio porque responden a desafíos reales del sistema alimentario”, advierte Alejandro Olivares, director de Operaciones de EntoEnergy.
En esa búsqueda apareció el potencial de los insectos comestibles, particularmente el Tenebrio molitor, una especie con alto contenido proteico —cercano al 50%— y un perfil nutricional que incluye aminoácidos esenciales y vitamina B12.
“Comenzamos a cuestionarnos cómo enfrentar el desafío global de producir proteína de alta calidad con menor impacto ambiental. Ahí fue donde aparece el potencial de los insectos comestibles”, explica Olivares.
A partir de esa base científica, el equipo decidió transformar la idea en un producto concreto: una barra proteica diseñada para un consumo cotidiano, orientada a deportistas, estudiantes y personas interesadas en una alimentación más consciente.


Para profesionalizar el desarrollo, el equipo recurrió al Centro de Innovación CeTA Sur, ubicado en la Región del Biobío, donde cuenta con una planta instalada en dependencias de la empresa Nutrisco, impulsando desde allí la innovación alimentaria en el sur del país.
El trabajo con los profesionales y la tecnología de CeTA se concentró en perfeccionar el desarrollo del producto, buscando una formulación con una textura suave y un perfil de sabor agradable que ayudara a superar las barreras culturales habitualmente asociadas al consumo de insectos.
La infraestructura piloto semiindustrial disponible en CeTA permitió validar parámetros de proceso, ajustar la matriz del producto y avanzar en aspectos regulatorios y de rotulación, etapas fundamentales para proyectar su llegada al mercado.
“CeTA fue el puente entre la idea científica y un producto con estándar de mercado (…) nos permitió ordenar técnicamente el desarrollo del producto (…) Contar con infraestructura piloto y acompañamiento experto fue clave para avanzar hacia un producto replicable”, enfatiza Olivares.
Este acompañamiento técnico permitió acelerar el desarrollo del producto y avanzar hacia su escalamiento productivo.
Uno de los primeros desafíos fue lograr la producción de materia prima suficiente para desarrollar los prototipos. La crianza y selección de las larvas se realizó inicialmente de forma completamente manual, un proceso exigente que puso a prueba la perseverancia del equipo.
“Cada larva pesa cerca de 0,1 gramos y necesitábamos alcanzar 10 kilos para elaborar el prototipo. Eso implicó seleccionar una a una las larvas que cumplían con el peso y estado adecuados”, relata Olivares.
Pero la tarea de convertir insectos en un alimento atractivo para el consumidor no sólo implicaría sortear desafíos operacionales, sino también culturales.
“El mayor desafío no era nutricional, sino cultural. Teníamos que lograr un producto que convenciera al consumidor”, explica.
Más allá del producto específico, EntoEnergy busca contribuir a una transformación más amplia dentro del sistema alimentario. Los insectos comestibles se posicionan cada vez más como una alternativa viable para diversificar las fuentes de proteína, especialmente en un contexto global donde la sostenibilidad y la seguridad alimentaria se han vuelto prioridades.
“Más que vender una barra, queremos abrir camino a una nueva categoría de alimentos sustentables en Chile (…) el consumo de nuevas fuentes de proteína irá ganando espacio en la medida que las personas comprendan su valor nutricional y su aporte a una alimentación más sustentable”, señala.
Con la mirada puesta en los próximos años, EntoEnergy busca seguir desarrollando productos que acerquen las proteínas alternativas a los consumidores. El trabajo realizado junto CeTA ha permitido sentar las bases técnicas para ese camino.
“Creemos que el consumo de nuevas fuentes de proteína irá ganando espacio en la medida que las personas comprendan su valor nutricional y su aporte a una alimentación más sustentable”, concluye el director de operaciones de EntoEnergy.




